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El gremio de los insomnes

  • 25 jul 2022
  • 2 min de lectura

Actualizado: 2 mar 2023

01:40. Comienzan las vueltas en la cama, como si el día no hubiera pasado por mí, como si me hubieran arrebatado el descanso. Me encuentro enfrentando la vigilia contra la nada más absoluta. Enciendo la luz. Me quedo mirando el móvil y comienzan las búsquedas al oráculo de Delfos del siglo XXI. No es la primera vez que me ocurre, llevo así tres noches seguidas. Como Camus y su vivencia del absurdo.


02:15. Sigo insomne. Cojo una de las libretas que decoran mi mesita y empiezo a escribir. A ver si al menos saco algo creativo de esta vigilia. Trato de seguir las recomendaciones que he encontrado con el mayor de los fracasos y doy por hecho que alcanzar la fase REM se ha convertido en una maldita quimera. Al menos por esta noche. Otra victoria para el estrés, otra derrota del inmobiliario.


03:20. Me preparo una valeriana doble. Comienza la desesperación. Intentar volver a dormirse se ha convertido en un fracaso anticipado. Vuelvo al móvil, escucho algún podcast y esa última canción que llevo una semana en bucle. Esto no dejan de ser parches para enfrentar el aburrimiento de una noche sin Morfeo. Puedo confirmar que sufro de insomnio y lo peor que se puede hacer en estos casos es entrar en un bucle permanente. Las recomendaciones no ayudan y pensar reiteradamente que necesito dormir no hace que logre mi objetivo. Al fin y al cabo, no dejo de estar frente a un acto inexorable.


Así fue la primera semana que el insomnio habitó mi cama. “Me encanta dormir porque es a la vez placentero y seguro. Hoy me siento orgullosa de pertenecer al gremio de los exhaustos” contaba Fran Lebowitz en su libro Un día cualquiera en Nueva York. Y yo, que disfrutaba como nadie de esa actividad incansable he sido desterrada eventualmente de este gremio.


Ocurre que a veces la cabeza da un golpe de estado, la mía lo hace desde entonces cuando tiene ganas de gresca. Aparece el fantasma como si de una epifanía se tratase, henchido de malestar, de ansiedad, de incertidumbre. Aunque crea que no es su hora, que lleva tiempo sin aparecer, irrumpe en la escena porque siempre está al acecho. Ahí se dispara el límbico, la amígdala. Se encienden las alertas, la supervivencia más primitiva, como si viviese rodeada de pinturas rupestres.


Solía hacerlo como un miura, devorando todo a su paso, sin respetar los tiempos, sin llamar a la puerta, sin cortesía. Parece que sigue los mismos patrones, pero ahora aparece sosegado, manteniendo la vigilia, preparándote para su ominosa compañía. Ilusa, en cualquier caso si lo esperabas, porque siempre amenaza con irrumpir. Ahora está más controlado, lo reconoces, se han desmenuzado los procesos internos, por eso espero que si vuelve a manifestarse, al menos, tenga la consideración de avisar antes de entrar, aunque yo lo que necesitaría sería una puerta blindada.


Los que no pertenecen a la secta les dicen a veces a los adeptos:

«Si no puedes dormir, puedes leer, ver la tele, estudiar o hacer cualquier cosa». Este tipo de frase irrita profundamente a los componentes de la secta de los insomnes. El motivo es muy sencillo. El que sufre de insomnio sólo tiene una obsesión: Quedarse dormido.


Las consecuencias del amor (Pablo Sorrentino, 2004).


The English Bed, Guillermo Lorca, 2020.

 
 
 

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