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La libertad de la copla, Miguel de Molina y las folclóricas

  • 18 jun 2021
  • 4 min de lectura

Actualizado: 8 nov 2022

Recuerdo escuchar coplas con mi abuela, disfrutar de las folclóricas más irreverentes de este país, pero no descubrí hasta hace poco la historia de Miguel de Molina. Contaba el coplero en una entrevista para Canal Sur que sus padres le dejaron “una bata de cola cuajá de lunares”. Puede que ahí naciera la “libertad insultante” que decían que tenía el coplero malagueño. Como las grandes folclóricas, pisaba el escenario con arrojo, derrochando libertad, mostrando su ferocidad y esa rebeldía con la que le plantaban cara a la testosterona casposa de la España franquista.


Lo hacían instintivamente, porque era la única forma que conocían de estar en el mundo: “Yo no tengo en el mundo más pena / que no tener alas para poder volar / y el no ser golondrina o paloma / que el cielo de España pudiera pisar”, cantaba Miguel a esa España que tuvo que abandonar por posicionar su libertad.


Miguel de Molina (Málaga, 1908) salía a las tablas como un miura al que no se podía domar. Le cantaba a una España caduca mientras se enfrentaba a ella con sus volantes, maquillaje y lentejuelas. Porque si algo tenía claro era que no se iba a someter ante nadie y por eso tuvo que sufrir el exilio y las amenazas del Régimen.


Durante la Guerra Civil, Miguel, animaba a las tropas republicanas cantando La bien pagá mientras vestía sus brillantes, pañuelos de lunares, bordados, mangas abullonadas y fajines. Se plantó ante el sexismo de la moda en pleno franquismo provocando al nacionalcatolicismo y su masculinidad frágil: “Hay que llorar consciente, las ganas de hacerlo. No es más hombre quien no llora, ni más patriota. Hay que llorar, las lágrimas alivian muchas cosas” sentenciaba el malagueño.


Diseñaba e incluso se cosía sus trajes. No le tenía miedo al exceso ni a la extravagancia. No sabía de discrecciones porque no las necesitaba. Porque Miguel encontró en la moda la expresión de su libertad y su rebeldía. Sabía que cuanto más cerca de esa masculinidad normativa más privilegios tendría pero nada le iba a doblegar. Porque como decía Lola Flores: “No quiero dinero, quiero mis principios”. Todo esto bajo el contexto de una España que le tenía en el punto de mira: abiertamente rojo, gay y republicano. En esta España, tiene más mérito que hallara el valor de ser el mismo, encontrar su camino y de, pesara a quien le pesara, fuese quién quería ser.


Nunca ocultó su homosexualidad, siendo uno de los pocos copleros que la vivió abiertamente en una España que la criminalizaba con pena de cárcel y con la muerte. Primero, en 1954 dentro de la Ley de Vagos y Maleantes que fue sustituida por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social (1977). Una España donde más de cinco mil personas fueron encarceladas por su orientación sexual y que separaba por cárceles a homosexuales “activos” (Huelva) y “pasivos” (Badajoz).


Un día tras una de sus actuaciones: “Se presentaron tres hombres diciendo que el director general me quería ver en su despacho, yo reconocí al director entre ellos, iban disfrazados como de una zarzuela antigua. Me metieron el coche y me maltrataron, me cortaron el pelo a tirones, me golpeaban con los puños de las pistolas, me hicieron beber resina a punta de pistola y se llevaron el pelo como trofeo (…) Me dejaron tirado como un perro”, recordaba el coplero desde Buenos Aires en una entrevista para Canal Sur en 1990.


Desafiante, tras sufrir la brutal paliza, anunció su vuelta a los escenarios mientras el Régimen prohibía sus conciertos y películas. Es entonces cuando tuvo que confinarse en un pueblo de Extremadura desde donde organizó su exilio a Buenos Aires y México. Allí vivió el resto de su vida sin regresar a su Málaga natal.


Miguel sufrió en sus carnes, la ignorancia de la gente y su odio enfermizo. La España rancia y putrefacta de las vejaciones y palizas homófobas del tirano. Los mismos que le llamaban marica en sus actuaciones mientras él respondía: “¡Marica no, maricón que suena a bóveda!”.

Tuvo que aguantar la mierda que había en esa España, todavía latente, que con sus privilegios había olvidado los derechos del resto. El derecho a ser, a vivir y estar libre en el mundo. Enfrentando los prejuicios ajenos mientras les miraba a la cara, como aquel que sabe cuáles serán las consecuencias por ser libre en un mundo de cobardes.

En Argentina, Miguel de Molina volvió a ser el rey de la copla. Ese género denostado durante muchos años, asociado a lo casposo y antiguo porque tuvo que aguantar ser un baño pintado de los valores del régimen. Franco extrajo los símbolos nacionales, los del pueblo, para hacerlos suyos y ponérselos de bandera.


En pleno franquismo, uno de los escasos refugios para la irreverencia estaba en la copla, en sus letras y su estética, que no eran aptas para mentes mojigatas y frígidas. Se decía de las folclóricas que le bailaban el agua al régimen pero el colectivo LGTB supo ver más allá. Mientras la gente buscaba referentes en el extranjero, el colectivo los encontraba en su tierra. Ellas se convirtieron en referentes sin pretenderlo por su manera de estar en escena, su carisma y su carácter.


En la copla subyace una subversión constante. Eran figuras provocadoras en un contexto de dictadura. Y las folclóricas, a pesar de sus contradicciones, se posicionaron abiertamente para defender al colectivo LGTB cuando este estaba más que invisibilizado. La copla rompía tabúes sobre temas que no se trataban libremente. Ante la represión, las tonadilleras como Rocío Jurado hablaba de temas que solo trataban los hombres, se proclamaba “pro gay”, le cantaba a la masturbación y le plantaban cara al heterazo: “Inseguro de sí mismo, soportable como amigo, insufrible como amor”. Todo esto mientras Lola Flores declaraba: “Quién no se ha dado un pipazo con una amiga”.



 
 
 

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