Acercarse a los treinta
- 6 dic 2022
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Actualizado: 2 mar 2023
Hace un par de semanas, buscando destino para escapar de esta ciudad soporífera, caí en la cuenta de lo siguiente: ya no soy lo “suficientemente joven” para visitar gratis el Louvre. Y entonces fui consciente del dato insultante que sentencia que el Estado está a punto de arrebatarme el carnet que acredita mi “juventud”.
Después de perder la inocencia, después de sentirse intocable, hay un momento en el que la juventud se tiñe de contratiempos. Según la teoría de una amiga, la cima del desconcierto, se da pasado el ecuador de los veinticinco, que es cuando llega una crisis existencial que te sacude sin miramientos. Puedes añadirle a esta inquietud, una precariedad compartida. En ese abismo navegamos. Yo, llevo un tiempo dándole vueltas a qué es para mí la juventud. No estoy segura, pero parece que en esta sociedad, dejar de serlo, es ir perdiendo oportunidades.
Toda crisis requiere, de quienes la padecen, un sentimiento de incertidumbre y desazón que lo impregna todo. No estoy hablando del paso de los años, no al menos en un sentido estético, si no de olvidarte de esa joven promesa. De, al fin y al cabo, vivir en esa inquietud incesante mientras se acercan los treinta. De no haber encontrado un camino. Porque se supone que esto ya debería de haberse resuelto. Sin duda alguna, saber cómo afrontar la vida adulta es un acto de fe.
Hace un par de semanas cumplí veintisiete años y ese mismo día volví a ver La peor persona del mundo (2022). Reviví entonces la misma sensación que tuve al salir de la sala de cine y sentí que me arrebataba todas mis angustias para alimentar a la protagonista.
Julie, la protagonista, abandona su carrera en Medicina por Psicología, después pasa a la Fotografía y acaba trabajando en una librería. Estas dudas inundarán todos los rincones de su existencia con la única certeza de saber que tiene que empezar a tomar decisiones. Tiene presente lo que se espera de ella como mujer en esta sociedad, aunque sabe que cuenta con la libertad con la que no pudieron soñar ni su abuela ni su madre.
Joachim Trier, el director de esta película, cierra su trilogía de Oslo, con un relato crudo y sin ornamentar de una generación que se acerca a los treinta con la única certeza de saber que no sabe lo que quiere, que no encuentra su lugar en el mundo, que sigue buscando su propio rumbo esperando algo sin saber qué es. Reflexiona sobre la relación con los progenitores, los problemas heredados y el malestar imperante de una generación a la que se le prometieron las oportunidades que no encuentra. Sí, hablo de la incertidumbre constante que nos acecha. Conocemos bastante bien estos sentimientos, desgranamos sus piezas en conversaciones con amigos como si fuesen reuniones filosóficas.
Dan vértigo los años adultos y las imposiciones a estas alturas. Ahora el pecho duele a ratos y los miedos se disparan, la vida es compleja y la sociedad que nos queda se hace difícil de asimilar a veces. Nuestro mundo era otro. Entonces los problemas eran otros. Ahora, se avecina el imperativo de intentar entender esta sociedad para poder vivir en ella. Ahora reina la contradicción y los diálogos internos. Aunque la contradicción sea necesaria. Qué lo difícil de la vida adulta es empeñarnos en fingir que todo está bien cuando no es así.
Un día te preguntas cómo cojones has llegado hasta aquí. Crecer es darle la bienvenida a la hostilidad más atroz, hay quien sostenía la idea ansiosa de querer crecer rápidamente, de ser adultos antes de tiempo. No es un sentimiento que haya vivido, puede que pronosticase lo que llegaba. Pero por lo que he podido comprobar era una idea bastante extendida. Una osadía errática para vaticinar lo que se venía. Saltar velozmente y destruir toda esa ingenuidad y dicha que se transforma en miedo y desconcierto. Porque siendo consciente de las fricciones de este mundo la realidad no es tan apabullante.
No ayuda que lo que me interese sea el trabajo creativo. Sigo aprendiendo a cabalgar entre mis contradicciones, mis idas y venidas, mis ganas de cambiar de rumbo, pero ahí está la indecisión constante y el reloj que me desespera. Voy notando el inevitable paso del tiempo, tomar decisiones es desesperante y esto se intensifica cuando la precariedad es una realidad y el camino establecido algo a dinamitar.
Ahora, con todo este percal, hacerse funcionario es una salida puesta sobre la mesa que cada vez cobra más fuerza entre mis amistades. La idea de opositar para enfrentar la situación del ámbito privado es una alternativa que ha calado fuerte.
Empieza a definirte tu trabajo, tu productividad, tus elecciones personales (o mejor dicho, aquellas que decides no tomar). Te define lo que se espera de ti, mientras sientes sobre tus hombros la presión de los otros. Pero te determina aún más no proceder con ello, tomar otro camino, decidir otro destino, tu disidencia ante esas convenciones.
Me inquieta la cantidad de amigas que empiezan a sentir la presión por casarse, tener una casa e hijos. Pero me inquieta, sobre todo, quienes lo siguen fomentando y no dejan espacio para que ellas decidan. Como si solo tuviesen una opción, como si su felicidad dependiera de seguir los pasos de sus progenitores a medida. Si se aspira a algo que sea a la tranquilidad mental. Aborrezco las vidas impostadas, a mí no me esperen.
“Me siento espectadora de mi propia vida. Como si estuviera desempeñando un papel secundario”, sentencia Julie en una de las escenas de la película. Y no se refiere a otra cosa que a los miedos y las dudas que te impiden decidir, no conocerte, no saber qué es lo que quieres. Tiene un sentimiento que pocas veces he visto en pantalla y que comparto. Sabe lo que es vivir limitada al sentirse impostora de algo que no es. Es autodestruirse bajo una presión que no te corresponde y sentir la culpa como territorio femenino. Decía Jaime Gil de Biedma: “Que la vida va en serio, uno lo empieza a comprender más tarde”.
Crecer es incómodo. No estamos preparados para la llamada vida adulta, la vida se transita a medida que se va aprendiendo. Julie ni siquiera sabe lo que quiere y nadie puede culparla por ello, va conociéndose, decidiéndose a pies puntillas, pero sobre todo sabiendo que es lo que no quiere. Y esto, personalmente, me parece lo más importante. Se pregunta mucho por lo que se quiere pero poco por lo que no.
Comprendo a Julie, comparto sus angustias y en parte sus miedos. Así que sustento mi vida en las sobremesas eternas, las amistades, la música en vivo, la comida y las noches de baile hasta la madrugada.
A lo mejor no somos tan mayores, aún no necesito aprovechar los domingos.



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