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COMADRES

  • 8 mar 2021
  • 4 min de lectura

Actualizado: 8 mar 2022

El otro día, leyendo una columna de Lorena Maldonado caí en la cuenta de otro ejemplo lingüístico con connotaciones misóginas en el que no había reparado. La revisión de un concepto machista en la lengua, el de comadreo. La RAE lo define en una de sus acepciones como: “chismorrear, murmurar” en contraposición con la versión masculina, compadreo: “la unión de personas para ayudarse mutuamente”. Otro ejemplo que deja ver cómo el lenguaje es androcentrista y, por ende, sexista. La autora invitaba a revertir ese concepto machista que ella prefería a sororidad por su fuerza, por su picardía y por el origen eclesiástico del término sororidad.

Es en ese momento, en el que empecé a preguntarme lo que significaba ese concepto para mí. Llámalo comadreo o sororidad, la finalidad es la misma. Es esa conexión que nos une por nuestras vivencias comunes, transversales y reiteradas. Esa empatía honesta entre nosotras que nace de ahí. De vivir puteadas en una sistema que nos regala los dientes una vez al año. Una sociedad que parece decirnos sutilmente: “¿no estáis contentas con que vuestras reivindicaciones sean protagonistas una vez al año?”.

Lo que estamos es hasta el coño.

Para mí, comadrear es ayudar a una chica en el baño de una discoteca. Es recibir un mensaje de tu amiga para saber si ha llegado bien a casa, es ayudar a que tu amiga perciba la violencia machista que recibe, la que va más allá de los golpes. Es compartir historias con tus abuelas, lo que tuvieron que aguantar, ver de donde venimos. Es esa deconstrucción progresiva y conjunta cada vez que sale un tema en un grupo de amigas, compartir opiniones, son los debates a voces. Es una gresca, porque también son inevitables. Es el continuo aprendizaje, es permitir el fallo, es aprender y escuchar. Es mandar a la mierda al patriarcado.

Es preocuparse por tu amiga, ir a hablar con ella sin mirar el reloj. Es salvarse de los prejuicios y tabúes colectivamente, es hablar sobre salud mental y sobre los miedos. Ese trapicheo de compresas y tampones en el instituto, como si fuera mercancía ilegal. Concienciar a tus hermanas de ese absurdo tabú que es la menstruación y romper esa omertá. Compartir esas dudas ginecológicas en pleno grupo de Whatsapp. Son amigas y compañeras que te ayudan a reapropiarte de tu cuerpo, de tu condición de mujer, de tu sexualidad, de deshacerse de esa necesidad de aprobación masculina que nos han inculcado.

Recuerdo esas charlas adolescentes en las que mis amigas contaban sus historias y vivencias como mujeres. Un tiempo en el que no existía una deconstrucción explícita, pero se percibía un malestar colectivo e imperante ante unas injusticias detectadas por género, por etnia y por clase social. Yo, a mis amigas y compañeras, les debo muchas cosas, sin que ellas lo sepan.

Este año, las cosas serán diferentes, se hará lo que se pueda con lo que tengamos. Pero este no es un tren que vaya a parar en seco como muchos pretenden. El otro día leía un tweet de Nuria Varela en el que decía: “El 8 de marzo de 2018 el patriarcado infartó y estamos sufriendo las consecuencias”. Las consecuencias son la criminalización de esta manifestación a la que se ha centrado todo el interés mediático, es la misoginia dentro de este discurso de aquellos que, semanas antes, estaban en las calles sin que la pandemia les importase.

Cada 8 de marzo, sin conocernos las unas a las otras, podía percibir una conexión inmensa con quienes estaban en las calles. Sintiéndonos a salvo en un espacio seguro, porque las calles no lo suelen ser para nosotras, porque el espacio público también nos ha sido arrebatado. Dejándonos la voz por una causa común, por justicia, por rabia, por aguantar y seguir aguantando y sobre todo, por las que ya no están.

Recuerdo perfectamente ese 8 de marzo de 2018 por las calles de Valencia porque estuve a punto de llorar de emoción, de rabia y de optimismo. Estábamos estáticas, porque las calles estaban colapsadas. Creí que algo podría estar cambiando en esta sociedad putrefacta. A día de hoy sigo harta de que nos infantilicen y nos traten con condescendencia. De que se nos criminalice y se ponga en nosotras el foco mediático. Harta de la superioridad moral de aquellos que son unos hipócritas, de los que dicen sin titubear que el feminismo no es necesario, que los derechos ya están alcanzados y que no existe el machismo en este país. De que nos reduzcan a un cuerpo, nos prejuzguen, nos denigren y nos arrebaten nuestra libertad.

Todo esto en un año donde la conciliación familiar ha sido un mito, donde las trabajadoras domésticas y limpiadoras han sido olvidadas, un momento de crisis sanitaria que afecta más a las mujeres, no solo por la sobrecarga familiar, la de los cuidados, y la alta incidencia de contagio, sino porque la pobreza está feminizada y la violencia machista se ha incrementado en un 60%. En un país donde la trata sigue siendo una realidad, al igual que la brecha salarial y racial. Un país donde las jornaleras siguen luchando por unos derechos básicos, donde la violencia obstétrica sigue vigente, el acoso callejero es nuestro pan de cada día y los privilegios de clase, un hecho.

Porque fuera de las calles sigue el aquelarre, el del # metoo, el que denuncia masivamente a los fotógrafos que abusan sexualmente de las modelos, y los comentarios denigrantes de unos tíos a profesionales como Nathy Peluso o Daniela Santiago, un día antes del 8M. Comentarios que no son una excepción y que están a la orden del día en numerosos grupos de Whatsapp.

Ni estamos locas, ni somos unas exageradas, ni unas histéricas. Queremos que nos escuchen y actúen en consecuencia, porque aún queda mucho por hacer y mientras eso pase, no quedará ninguna sin gritar, a los cuatro vientos, que estamos aquí. Porque nunca más tendrán la comodidad de nuestro silencio.


 
 
 

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